viernes, 24 de marzo de 2017

Escuelita de Famaillá: antes miedo, hoy amor, compromiso y lucha

La Escuelita de Famaillá tendría que haber sido inaugurada como una institución educativa en el año 1975. Sin embargo, no llegó a cumplir ese objetivo de convertirse en un espacio de enseñanza, con chicos de guardapolvos blancos jugando en los recreos. Sus paredes gastadas por los años aún guardan el dolor, el sufrimiento y el terror de todo lo que representó el Operativo Independencia, primera experiencia masiva y sistemática de la implementación del terrorismo de Estado, que se extenderá a todo el país a partir del 24 de Marzo de 1976.

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La Escuela Diego de Rojas, conocida como la Escuelita de Famaillá, fue el primer centro clandestino de detención de la Argentina; lugar de secuestro, tortura, muerte y desapariciones, que funcionó desde febrero de 1975 hasta fines de 1976, cuando las prácticas represivas se trasladaron a Nueva Baviera.  Según testimonios obrantes en el Archivo Nacional de la Memoria y en causas judiciales, por sus instalaciones pasaron más de 2000 personas, muchas de las cuales fueron asesinadas o se encuentran desaparecidas.
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A pesar de su trágico antecedente, la escuelita empezó a funcionar como institución educativa llegada la democracia. Desde entonces, los organismos de Derechos Humanos, familiares y víctimas pelearon para que fuera declarado Lugar Histórico Nacional, instancia que se produjo recién en diciembre del 2015, cuando la entonces presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, firmó el decreto asignándole esa categoría. Antes, ya se había cumplido con uno de los pedidos de la familia educativa de Famaillá para que se construyera un nuevo edificio escolar que esté destinado a los alumnos que asistían, suceso que se produjo en el año 2013.
golpe militarLa Escuelita era sede del comando de operaciones conjuntas a cargo de la 5° Brigada de Infantería del Ejército, lo que la constituyó en el centro del circuito represivo, en coordinación con los campos de reclusión que se montaron en los ex ingenios Nueva Baviera, Lules y Santa Lucía, la comisarías de Famaillá y de Monteros, “la chimenea” de Caspinchango, los “conventillos de Fronterita” (ex Ingenio Fronterita) los campamentos de Monte Grande y Acheral, y la Jefatura Central de Policía, entre otros.
María Coronel, es la coordinadora de este espacio. Llegó a presidir el lugar por su historia de vida y su compromiso en la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia, ya que durante el golpe militar su padre fue asesinado y su madre secuestrada y, todavía, continúa desaparecida. Ella junto a su hermana militan por los Derechos Humanos desde que eran pequeñas.
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“El trabajo diario que hacemos acá es fundamental, porque este fue el lugar en donde se ensayó lo que después fue el terrorismo de Estado, con sus prácticas más aberrantes y con una modalidad cruel de la toma de los pueblos del sur tucumano. En estos momentos la construcción que nosotros estamos llevando adelante es la construcción del primer espacio para la memoria de Tucumán y del norte argentino, porque por esta escuelita también pasaron santiagueños, catamarqueños”, explicó Coronel.
Pero esta construcción de un Espacio para la memoria a la que hace alusión María, no empezó hace poco, sino hace muchos años. Incluso se conformó para ese fin una Mesa de Consenso, integradas por distintos organismos, como H.I.J.O.S, la Comisión por la Memoria del Sur Tucumano, sobrevivientes de ese centro clandestino, la CTA, las secretarías de Derechos Humanos de la Provincia, el Ministerio de Educación de Tucumán, el Giget (Grupo de Investigación sobre el Genocidio en Tucumán), entre otras organizaciones.
escuelita de famailla 9“Con la Mesa de Consenso, estamos recién pudiendo empezar a plasmar todos los proyectos y los objetivos que hay en este espacio; es con lo que venimos soñando hace muchísimo tiempo, porque queremos contar la historia no solo de lo que fue este centro clandestino de detención, el horror de los crímenes de lesa humanidad durante el Operativo Independencia, sino también poder trabajar desde acá, la memoria del sur tucumano”, resaltó la coordinadora de la Esculita al adelantar un proyecto de historización que arranca desde el cierre de los ingenios durante la Dictadura de Juan Carlos Onganía, en el 66.
El objetivo de esta muestra es relatar una realidad que devela quiénes fueron las víctimas principales de este centro: “Eran en su mayoría obreros del surco, delegados de FOTIA, sindicalistas de distintas fábricas. Había una intencionalidad muy clara de frenar esas luchas que marcaban la identidad del sur tucumano, es eso lo que queremos rescatar desde la tarea diaria que llevaremos adelante”.
María destaca “la fuerza y la energía que le ponen los sobrevivientes, quienes a pesar de haber vivido el terror, se siguen levantando y sosteniendo este espacio”. A su vez, resalta el compromiso de la Secretaría de Derechos Humanos local para poner en valor a la Esculita de Famaillá:
 “Mas allá de que hay una cogestión con Gobierno nacional, la realidad es que se trabaja con los fondos y recursos que aporta la provincia”.
“Realmente la provincia está comprometida con lo que nosotros hacemos acá como políticas de memoria. Incluso recientemente el Ministerio de Educación de la de Tucumán nos acaba de prever el recurso humano, así que ya contamos con un equipo de docentes adscriptos”, explica y añade que en la Escuelita se realizan talleres que dependen de la Dirección de Jóvenes y Adultos lo que es fundamental para el desarrollo de las tareas cotidianas.
Transformar el dolor en compromiso
En la escuelita de Famaillá trabajan Graciela Cortez y Luis Ortiz, ambos sobrevivientes del Operativo Independencia. Sus historias, atravesadas por el trágico pasado, sacan a la luz un mensaje de esperanza, de saber que se puede transformar el dolor en compromiso.
Graciela …
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“Soy sobreviviente del Operativo Independencia, del suceso conocido como el combate de Manchalá”, cuenta Graciela Cortéz al intentar explicar los hechos fortuitos que determinaron que ella y su familia fueran detenidos en la propia finca en donde vivían y trabajaban, ya que su padre era el capataz del lugar.
El combate de  Manchalá, fue el enfrentamiento que se produce entre el ejercito Argentino y el ERP en ese pueblo ubicado a unos 17 kilómetros de la ciudad de Famaillá. La pelea se desarrolla en los alrededores de la finca de cañaverales en donde trabajaban los Cortéz y otros peones.
Después del suceso, los militares se instalan durante dos meses imponiendo prisión domiciliaria a todos los empleados que se encontraban en la propiedad. Graciela tenía 21 años y se desempeñaba en la parte administrativa de una de las oficinas de las secretarías de trabajo, en el Sindicato de la Banderita y nunca fue militante.
“El primer día que llegaron lo hicieron con atropello, a mi padre lo golpearon y torturaron, igual que a los otros empleados de la finca; yo también padecí un montón de torturas. Estábamos vigilados las 24 horas del día, hasta cuando íbamos al baño”, cuenta Graciela cuando trae a la memoria aquellos días que parecieron una eternidad.
Esta mujer de 62 años explica que el terror padecido la sumió en el silencio y así estuvo callada, con miedo, durante décadas, hasta que un día se animó a dar ese gran paso que solo lo pueden dar los valientes: se animó a contar su historia. Aclara que nunca había militado hasta que en el 2007, conoció al grupo de sobrevivientes de la Escuelita.
“Ahora si puedo decir que soy militante por los Derechos Humanos, me siento unida a mis compañeros por el dolor que atravesamos, y hoy me siento contenida y con ganas de luchar”.
Graciela relata que siempre se hacía la misma pregunta: “¿Por qué no me han matado en ese entonces, si tenían la oportunidad de hacerlo?. Ahora lo se, Dios me había puesto en el camino luchar por la reconstrucción y recuperación de este espacio y de la memoria. Ese fue el objetivo que nos llevó a trabajar, durante todos estos años, a los sobrevivientes y a los organismos de Derechos Humanos; fruto de ese trabajo pudimos recuperar este lugar y homenajear a los 30.000 desaparecidos”.
Luis…
escuelita de famailla 4“Un día, cuando dormíamos, entraron a mi casa. Yo dormía en el mismo cuarto que mi hermano, pero el no estaba en ese momento, por suerte. De ahí me llevan a la Jefatura de Policía, estoy una noche y después me traen acá”, relata Luis Ortiz cuando da la entrevista en el mismo lugar en el que estuvo secuestrado y en el que actualmente trabaja: La Escuelita de Famaillá.
A pesar de que recorre todos los días los pasillos para guiar y explicar lo sucedido a los estudiantes que visitan este sitio, no logra recordar el aula en la que estuvo encerrado.
“Aquí estuve varios días, creo que más de 20, escuchaba voces, me daba cuenta de que éramos muchos, todo el tiempo tuve los ojos vendados y las manos atadas.Este fue el terror para el pueblo, es el claro ejemplo de lo que hizo el terrorismo al pueblo, para que el pueblo aprenda que no debe participar en nada. Acá murieron compañeros, pasó mi hermano por acá, pero el no apareció nunca”.
Luis explica que trabajar en la Escuelita le provoca una mezcla de dolor por lo que le pasó a él, luego su hermano (Ramón Ortíz) y a tanta gente, pero a la vez “le da la fuerza de seguir militando” con el objetivo de que “la memoria siga viva, haya justicia y todo se sepa”.


“A pesar del terror que vivimos, que no lo podemos olvidar, venimos acá para que la juventud conozca lo que pasó, porque esto no puede suceder nunca más”.

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